
Jaime A. L
Florianópolis, SC
El Valle do Pati: donde el tiempo descansa
Fue un acierto huir de los ruidos del carnaval para buscar una inmersión profunda en el corazón de la Chapada Diamantina: el Valle do Pati. Percibí que este santuario nos aleja no solo del ruido de las ciudades, sino de una civilización que, tantas veces, nos distancia de nosotros mismos. Allí, la calma compartida es lo que nos permite reencontrar la propia esencia, acunados por los sonidos de la naturaleza y por su belleza monumental.
Viví la experiencia como un equilibrio entre el desafío constante de las subidas y bajadas rocosas y el encanto de descubrir lugares mágicos. Los precipicios me recordaron que la línea entre la existencia y el fin es delgada: un paso en falso puede interrumpir la jornada, mientras tantos otros pasos firmes nos llenan de vida. Las fuerzas de la naturaleza, manifestadas en la potencia de las caídas de agua y de las tormentas, revelan nuestra pequeñez. Observar los rayos cayendo al lado es presenciar el mundo en su estado más puro y crudo.
Siento que fue un viaje a nuestra ancestralidad; una rutina con menos comodidades, pero con más presencia. El encuentro con la naturaleza desacelera el ritmo; el tiempo pasa más despacio, porque respeta los ciclos naturales. Para mí, en Pati, el tiempo descansa. Estar ante un escenario que revela millones y millones de años de historia ofrece una perspectiva profunda: en una línea temporal tan vasta, somos nada y todo a la vez.
Es llamativa la diferencia entre la vida con y sin conexión digital. Es irónico cómo la falta de red nos conecta mucho más con las personas alrededor y con nosotros mismos. Lo que queda es encontrarse consigo y reunirse con el otro para compartir historias y observar el firmamento. ¡Y qué cielo! La ausencia de contaminación luminosa revela el espectáculo de nuestra galaxia, la Vía Láctea, recordando que somos polvo, no solo en nuestra galaxia, sino entre cerca de dos billones de ellas. Y las luciérnagas, qué belleza, cosiendo la noche con luz, completan un escenario que parece de sueño.
Salgo de esta experiencia colectiva entendiendo cómo podemos vivir con menos. Vi la simplicidad de una alegría singular en quien enfrenta más dificultades con una sonrisa en el rostro. Es simbólico vivir solo con el peso que cargamos en la espalda y redescubrir el valor de una merienda compartida junto a una cascada o de una comida hecha en fogón de leña, comida que calienta el alma porque lleva en sí el sazón del cuidado de los patizeiros.
Considero que cada ser humano es, por sí solo, un universo. Nada de esto tendría el mismo sentido sin la compañía de los amigos que la expedición me regaló y sin el cuidado atento de los guías de la Asociación de Conductores del Valle do Capão (ACV-VC) y de Ana Carms Expediciones. Descubrir la historia, la sensibilidad y la humanidad que cada uno lleva fue lo que realmente dio color a los días en Pati. Ver la esencia de cada persona revelándose a cada kilómetro recorrido es maravilloso y, por sí solo, hace que cada esfuerzo del viaje valga la pena.
Quedan aprendizajes que llevarán tiempo en ser procesados. Por ahora, resta apenas el silencio de un fuerte agradecimiento a quienes hicieron que la expedición del Valle do Pati justificara su existencia.